Cuadernos y eternidad
El poeta Luis Hernández Camarero nos dejó una obra singular que bien vale la pena recordar hoy, 39 años después
de su partida.
No le gustaba que le llamaran poeta, sin embargo,
sus poemas hoy guardan vigente la frescura de una escritura única y refulgente.
Luis Guillermo Hernández Camarero nació en Lima, el 18 de diciembre de 1941, y
falleció en un accidente ferroviario en Buenos Aires, el 3 de octubre de 1977.
Había estudiado psicología en la Pontificia Universidad Católica del Perú y,
luego, en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, de donde egresó con el
título de médico cirujano. Extraño, son pocos los médicos que hacen poesía.
Hernández tuvo consultorio privado en una quinta de Breña, junto a la casa de
su amigo, el actor Reynaldo Arenas, y fue el ‘doctor’ del barrio y también en
el hospital Dos de Mayo.
Hernández publicó solo tres libros: Orilla (1961),
Charlie Melnik (1962) y Las Constelaciones (1965). Desde 1965 escribiría en
cuadernos artesanales. Era otro sistema creativo con variados recursos
gráficos. De pronto, en esos cuadernos –nadie ha podido constatar cuántos
fueron– está lo mejor de su poética, tan llena de imaginación y musicalidad.
Hernández regalaba esos cuadernos a sus amigos y sus investigadores dan fe de
que él volvía a escribir los mismos poemas con ciertas variantes. Entonces
resalta ese tono irónico, coloquial de referentes urbanos y uno que otro
epígrafe en que revelaba sus lecturas.
CHICO DE ESQUINALucho Hernández lucía una condición que para mucho
no es ‘poetizable’. Tenía más esquina que biblioteca. En el distrito de Jesús
María era como la mayoría de muchachos de su tiempo. Harto rock, bastante
palomillada, uno que otro cachito y su pisco del recordado Pablito, en el cruce
de Húsares de Junín con Huiracocha. Ahí está el testimonio de sus ‘patas’ de la
calle 6 de Agosto (donde también vivió el poeta Paco Bendezú): Cucho, Fernando,
Kike, Tommy y Pedro. Eran años de las matinales con Los Saicos en los cines
Mariátegui, Palermo, el Nacional, el Ópera. Eran los viajes en tranvía a las
playas de Agua Dulce y La Herradura. Era su templadera con su Betty Adler, su
novia, su musa, su redentora en aquella Lima inolvidable de los años sesenta.
Hay otra faceta que se hace ostensible. Hernández,
tras unos años en silencio, publica en revistas literarias de corto tiraje, en
diarios y antologías. De pronto, su poesía lo convierte en casi una leyenda
urbana. Su hermano, el reconocido psicoanalista Max Hernández, lo ha recordado
con estas frases: “Mi hermano Lucho tenía un tipo de sensibilidad, de
inteligencia y de pasión por la adolescencia. Tenía una vida apasionadamente
adolescente. Mirándolo hoy, creo que Lucho murió cuando tenía que haber muerto.
Es terrible lo que estoy diciendo. Nos dolió en el alma. La adolescencia no es
solo una libertad o algo ligero. Es también algo pesado y difícil. Envejecer no
es fácil. Lucho era un eterno adolescente”.
POETA ORIGINALTodos estos argumentos hablan de un escritor
original acaso extravagante e impar. Propios y ajenos dudaron en principio de
aquel estilo cotidiano y otros reconocieron que aquella incorporación en la
poesía peruana de la astronomía y de las ciencias en general, era uno de sus
mayores logros. Pero Hernández se había enfermado y andaba dolido con la poca
aceptación de la crítica en relación con su libro Las constelaciones. Mirko
Lauer decía de Hernández que “perdió casi todo interés por hacerse de una obra
y se dedicó más bien a vivir una actividad poética, expresada entre otras cosas
por su desprendida relación con los cuadernos que iba llenando”.
Los poetas viven la edad que se merecen. Y sobre su
muerte tan conocida como ignorada, hay diversas hipótesis que van desde el
suicidio hasta el asesinato. Yo prefiero recordarlo en esta fecha más bien como
ese niño que escribía poesía como un viejo observador de este mundo. Hoy
Hernández está más vivo que nunca, como lo afirma su amigo Nicolás Yerovi.
Y como también nos contó el poeta Luis La Hoz:
“Lucho era un tipo con una inteligencia y una cultura fuera de lo normal. Era
alguien con quien podías hablar de cualquier cosa, una vez me explicó toda la
teoría de la relatividad en una pared de su cuarto. No era un hombre normal.
Tampoco era un poeta normal, porque había decidido, a partir de los 70, dejar
de publicar. Tres poemarios y se acabó. Incluso allí tú notas ya algunas
estrofas de sus poemas que terminan de pronto y te dejan en el aire: ‘Y entonces
la noche’, no concluye la idea, pero no hay necesidad, pues esa frase es
retóricamente bella”. Sin duda, Luchito Hernández está vivo.
OBRA DE ANTOLOGÍA
El año pasado se editó
Vox horrísona, una antología preparada por Mirko Lauer que originalmente salió
con el sello editorial de la revista Hueso Húmero en 1981. Esta antología extraía
textos de la compilación del mismo título preparada por Nicolás Yerovi y que
fue publicada en 1978, primero, y luego en 1983 con el título Obra poética
completa. La reedición de la editorial de Petroperú viene a satisfacer la
necesidad de publicaciones de Hernández. La PUCP, sin embargo, mantiene un
sitio virtual con buena parte de los cuadernos y que incluye de manera íntegra
la edición de la antología de 1981.
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