La esencia de reciprocidad, que articula las relaciones sociales en el mundo andino, encuentra incluso en las bodas una oportunidad para extender la centenaria práctica del ayni. La fiesta se sazona con comida, danza y bebida a raudales.
Texto y Fotos: Carlos Lezama
Sábado, antes del mediodía. Los alrededores de la parroquia San José de Pichcus, en San Carlos, describen un acontecimiento habitual en Huancayo, pero único para dos tradicionales familias del lugar. Hoy habrá boda y el movimiento se torna distinto al de cualquier otro día a las 10:00 de la mañana. El ajetreo está justificado: Edison se casa con la bella Yolis. Ellos son descendientes huancas y han heredado las costumbres de la religión, en especial esta que implica unir sus vidas para siempre con la bendición de Dios. La fiesta promete.
Se afinan violines en el interior de la capilla. Suenan agudos, como las risas nerviosas que marcan cada momento y van dejando todo listo para la ceremonia. El sol ha llegado también como invitado de honor y extiende sus luces como si se tratara de un arreglo sofisticado, donado por alguna de las familias presentes: comerciantes prósperos, agricultores de tradición, empresarios con algún máster universitario que son el orgullo de sus padres. El mismo novio, Edison, viene de Estados Unidos. Reside allá pero no olvida sus raíces, sus aires del Mantaro, ese valle serrano que es tan próspero como sus hijos desperdigados por todo el mundo.
RITUAL Y DESBORDE
Conforme avanza la jornada, hay también promesa de huaylarsh, esa danza festiva y vigorosa que en las fiestas de la zona suena desde siempre y se baila arrancando astillas del piso, sin misericordia. Ni siquiera el Golden Room –el salón elegido para la fiesta–, con sus pisos venecianos y sus alfombras de ocasión, estará a salvo. El centro de convenciones literalmente vibrará bajo el furor de la felicidad.
Los padres y los padrinos, los amigos y la familia cercana a la pareja, son testigos de este pacto de amor. La alianza se conmemora como Dios manda en tierra huanca: quinientas cajas de cerveza, alineadas verticalmente, desafiando a la física, fueron dando forma al desborde y al ritual de los regalos, que es la forma en que los invitados de la pareja premian y “los ayudan para que tengan éxito en su vida matrimonial”.
Acá el concepto del ayni aflora en su versión más moderna. El dinero se obsequia en sobre cerrado y secreto o, a veces, de forma explícita, revelando su contenido. Es como la puesta de hombro, necesaria para edificar no una vivienda, sino el futuro de los contrayentes.
El grupo que celebra con entusiasmo a una familia nueva es un rito habitual en el mundo andino. La parafernalia del homenaje, la correspondencia tácita que verá otra pareja de la comunidad en otro momento; el “hoy por ti, mañana por mí” que es tan antiguo, tan peruano y tan huancaíno. ¡Salud, compadre! ¡Salud por el Edison y la Yolis! ¡Que sean felices!
FIESTA SIN FIN
Por la noche, la comida, las danzas y la música no cesan en esta celebración, dominada por una alegre recreación de la palpa y la ofrenda de los padrinos de la boda y los padres de los ya esposos. Los presentes arrancan risas y miradas de todo tipo. Sorpresa general.
Al ritmo de la música, con ese estribillo que produce la admiración colectiva, por el calibre de los regalos, la fiesta continúa hasta el amanecer, hasta que Edison y Yolis desaparecen rumbo a la luna de miel y hasta que el último amigo, desafiando a la gravedad, ensaya un último paso de la frenética danza huanca.

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